EL MAPA DEL TESORO
En esos estados psicológicos que
calificamos como erróneos, inadecuados o molestos, hay verdades ocultas y
necesidades no cubiertas demandando atención. Certezas que necesitan ver la luz
y no cesarán de molestarnos en su intento por romper las falsas creencias
construidas para solventar una situación de la cual desconocíamos la causa. La
causa puede ser tan básica como profunda y pasar muchas veces, inadvertida. Por
ejemplo:
Soledad
Mala alimentación o
desnutrición
Pérdida o alejamiento
de seres queridos
Pérdida brusca del
entorno
Falta de guía
(fundamental y no exclusiva de la niñez)
Falta de conocimiento
práctico
Falta de tiempo propio
Un encuentro inesperado
con una persona dañina
Enfermedad súbita o
heredada
Podríamos resumir todo
esto como CAUSAS QUE ROMPEN NUESTRO BIENESTAR BÁSICO. Las complicaciones a
largo plazo de no reconocer el daño producido por la falta de bienestar básico
(ojo que básico es lo que conforma la base, sin base, vamos mal) puede llevar a
la mente a desarrollar fantásticas historias llenas de culpabilidad y razones
exactamente para eso, para tener razón y RESOLVER. Resolver mal, es decir, sin
ir a la causa básica y sin proveernos del adecuado confort en las áreas
afectadas, creará nuevas creencias erróneas que volverán a obstaculizar el camino
en el futuro, pues indudablemente, las situaciones que disparan el malestar se
volverán a presentar y al final estaremos luchando con nosotras mismas,
tratando de "arreglar" todo lo malo que creemos que tenemos mientras
nuestras heridas siguen sangrando. En algún momento, y puesto que hemos ido
poniendo a lo largo de los años, muchos parches para poder seguir adelante en
este mundo extremadamente demandante y absurdamente complicado, sin atender a
la raíz del trauma, nuestro animal gritará tan fuerte que obligará a nuestra
mente a tambalearse para que ésta le escuche y lleve a cabo las acciones
necesarias para la verdadera curación. Ésta empieza por romper. Romper la
realidad altamente inestable que hemos construido de nosotras mismas para liberarnos
de la falsa idea de un yo débil y problemático al que debemos domesticar,
enderezar, corregir y obligar. Obligar es peligroso. Sobre todo cuando no se
hace dentro de un plan guiado y controlado por una psicóloga, como cuando te
están ayudando a curarte de una fobia. (Si te estás preguntando por qué escribo
psicóloga en vez de psicólogo, he cumplido mi objetivo).
No hay nada que
arreglar. Debemos aprender a conocernos, respetarnos y desarrollar las
herramientas adecuadas para lidiar con lo que nos resulta más complicado. Sin
juzgarnos, por el amor de dios, SIN JUZGARNOS.
Las personas somos
diferentes unas de otras. Ya desde niñas se ve que traemos diferentes
tendencias, gustos y talentos. Si éstos han sido desatendidos o ignorados en la
infancia por las circunstancias que fuere, en algún momento, probablemente
marcado por el conflicto, nuestro yo se verá obligado a recapitular,
identificar los agentes dañinos, aceptar su existencia y el efecto que tuvieron
en nosotras pero también a comprender por qué la situación no pudo afrontarse
de ninguna otra manera y con esto no estoy hablando de otra cosa sino del catártico
perdón.
Es muy fácil decir “me
perdono”, sí, claro que sí, “entiendo perfectamente”, claro, “todo el mundo
sufre”, “nada es fácil en esta vida”, “no me queda más remedio que seguir
adelante” o “yo soy mucho más fuerte que todo eso”, sí, ya.
Decir y sentir son dos
cosas muy diferentes. Tampoco es lo mismo saber que aceptar, entender que
comprender. Y la superación no viene de manera milagrosa por decirnos a
nosotras mismas que el mundo es difícil y que todos sufrimos y que podemos con
todo, no. Hay cosas con las que no podemos durante un tiempo y tenemos que
disponer de ese tiempo para mirarlas a la cara frente a frente por muy feo que
el monstruo se nos presente; muchos son los que nos recomiendan esperar bajo
las sábanas hasta que salga el sol, sin embargo en ocasiones es mucho más
efectivo encender la luz y abrazar a nuestro animal, ése que ha sido desechado
por ruidoso, por peludo, por hambriento, por necesitar.
Todos los momentos de
nuestra vida tienen un valor incalculable. Sería conveniente evitar en lo
posible pasar por encima de las situaciones y de nosotras mismas de puntillas
por miedo a romper algo o peor aún, por miedo a cortarnos con algo que ya está
roto a la espera de reparación. Pararnos en mitad del camino a desenterrar
cristales puede parecer absurdo y caótico, sin embargo, lo más probable es que
acabemos desenterrando un magnífico tesoro que nos devolverá la oportunidad de
vivir momentos excepcionales sin el temor de tropezar una y otra vez con
nuestra propia sombra en su insistente intento de reclamar nuestra atención.
Patricia Lerena
Diciembre de 2015

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