YOGUI
YOGUI
Lo veo cada día.
Las piernas dobladas, en flor,
imposible lazada, las manos ocultas tras años
de barba y el gesto dormido, sepulto, insensible,
al frío, al calor, a la propia mirada.
Asceta centenario enmohecido, aburrido,
arropado por harapos, estropajos del pasado.
El tiempo, carcelario, terrenal, ese sensual
anclar de espacio y movimiento, te alza
en inmortal abatimiento de lo carnal,
lo suculento. Traspasa el viento tu barrera
natural que ya es pellejo lejos de lo sensorial.
Y me pregunto: ¿no es inmoral amontonar así
los huesos, usar el peso para cosa tan banal,
dormir los sesos, dar un receso permanente
al caminar, matar los besos, cerrar los ojos
al color, a la ciudad, vivirse solo, apaciguar
al corazón en el vacío, latir en blanco, respirar
como verdad y renegar del albedrío, hijo molesto
de Deseo y Libertad? ¿No es inmoral negar el barro
y la alegría? Lágrimas frías, riegan su seco rostro
y mi caminar, lágrimas frías, cuando no quedan
ya ni penas que llorar.
PL
Madrid

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